Álbum de fotos para una pandemia

Actualizado: 3 jul 2021


Unos ojos rasgados, un tapabocas verde[1]

“Sopa de Wuhan” es una compilación de textos que recoge ensayos breves, notas de prensa y reflexiones de distintos pensadores que fueron publicados en diferentes medios entre el 26 de febrero y el 28 de marzo de 2020. El argentino Pablo Amadeo se tomó el trabajo de reunirlos y de ponerlos a circular en las redes sociales en edición digital. Por mi parte, lo recibí con entusiasmo, pues además de juntar varios autores que sigo regularmente, recogía reflexiones políticas, filosóficas, biopolíticas, geopolíticas, territoriales sobre el nuevo coronavirus. Creo que lo que hoy pasa en el planeta, da pistas para entender el presente pero también, para imaginar el futuro después del virus. Este escrito conversa con algunos de los textos de la compilación, pero sobre todo, se asocia con ellos, en la necesidad de emitir reflexiones, empujadas por el advenimiento de este brote y de las consecuencias inéditas que ha supuesto a los humanos.


La actual pandemia nos ha enfrentado a imágenes que no creeríamos posibles antes de enero 23: ciudades enteras en cuarentena, cifras de muertos que superan en un día los dos mil, hornos crematorios desbordados, cadáveres en sarcófagos de cartón. Con el paso de los días, la pandemia ha devenido espectáculo, con sus listados diarios de muertos, contagiados y recuperados, cuadros con curvas, mesetas, rojos, y


* Curadora de arte independiente, investigadora y docente universitaria.

comparativos. En el marco de estas extremas situaciones que, por otra parte, suponen un riesgo de quiebra para miles de personas, en escenarios en los que la economía informal y el ganadía son lo común para un grueso de la población, ha ocupado un lugar siniestro el seguimiento que la prensa ha hecho de los discursos y comunicados dados por los presidentes y premieres del mundo. En algunos de ellos, la negligencia, el narcisismo y la ignorancia han tocado bordes de psicopatía y sociopatía que son, no encuentro otro término, criminales.


La pandemia de cierta manera la veíamos venir, la narrábamos, pero siempre desde la ficción, desde los filmes distópicos, desde comics post apocalípticos con poblaciones diezmadas, novelas sobre virus extraños y ciudades tóxicas y abandonadas. En una cierta medida, es el caso de “Ensayo sobre la ceguera”, novela del portugués José Saramago que, de forma recurrente, viene a mi mente en estos días. En la novela, el paciente cero de una pandemia inexplicable -que produce una ceguera blanca, neblinosa-, es tratado por un oftalmólogo, quien, más pronto que tarde, junto con otros miles, contraerá la enfermedad.


Cuando Li Wenliang murió y su historia se hizo célebre, emergieron las similitudes entre su caso y la novela. Más allá de la coincidencia anecdótica, - un paciente cero, un oftalmólogo, un virus inexplicable e imparable - otras dolorosas cercanías palpitaban. En China, en Italia, en Nueva York, en el decurso de las cuarentenas, en noticieros y videos se ha construido la criminalización de los enfermos. En estaciones, aduanas, entradas o salidas de medios de transporte, se ha tomado la temperatura de los habitantes con un gesto que deja recordar la revisión de los billetes en búsqueda de uno falso, o del equipaje en búsqueda de algún contenido ilegal. En esta ocasión lo que se vigila es el cuerpo, éste resulta ser contenedor de la sustancia peligrosa, enemiga, y por ende, el sujeto es nada menos que su huésped, su portador-¿transportador?


La voz oficial de la OMS afirmó hace semanas ya, “estamos en guerra”, los presidentes y premieres han adoptado un lenguaje belicista ante la enfermedad, dando como resultado que “el coronavirus es el enemigo de la humanidad”. De este lenguaje guerrerista se desprende que el contagiado es una suerte de portavoz del enemigo, un traidor que se ha dejado conquistar. Así, estar “contagiado” parece revestirse de una extraña culpa. Como sucedió con el SIDA, o aun con el cáncer[2], o como pasa en nuestro país con la Leishmaniasis.


Las tecnologías de la vigilancia y el big data aplicados en China, por otra parte, permitieron que la sociedad mantuviera a raya al culpable. Según comenta Byung-Chul Han (2020, p 100 y sts), la hiperconectividad y el uso de aplicaciones y de cámaras de vigilancia en China, Corea del Sur o Singapur, delatarían a un afiebrado, podrían señalar en qué silla del metro se sentó o en qué edificio habitaba. El coronavirus volvió a colocar al cuerpo en el centro, para ser el territorio fundamental sobre el cual se ejercen los poderes autoritarios, siendo apenas uno de ellos, la separación y el aislamiento. En este escenario se nos recuerda que el territorio fundamental es el propio cuerpo[3], cuya salud hay que auto gestionar, mientras “el prójimo es abolido”, (Agamben, 2020, p 33), en el marco de una biopolítica radical de autoconfinamiento en el propio cuerpo, en el que “el aire que respiras debe ser solo tuyo”, (Preciado, 175) mientras el cuerpo del otro deviene significante de peligrosidad.


Una sala de espera vacía en un aeropuerto sin vuelos[4]

A medida que la dispersión por todo el planeta del nuevo coronavirus comenzó a estremecer la cotidianidad, la afectividad y la economía de habitantes de los lugares más diversos del planeta, pareció resurgir en sus manifestaciones más conservadoras, un imaginario que creíamos ya sobrepasado, que asocia de forma isomórfica, espacio, lugar y cultura (Gupta y Ferguson, 2008). Las manifestaciones de odio hacia el sujeto chino, italiano, coreano, (en Colombia, a los migrantes venezolanos), se han dejado ver desde entonces. La construcción de la comunidad imaginada que entiende la frontera como un real, que discursa naturalizando un “nosotros” para definir un “ellos”, que espacializa un “acá” para nombrar un “allá” en cuyos limites se encuentra palpitando el peligro, reactiva los principios que ayudaron a conformar los estados nación en los siglos XVIII (finales) y XIX. Según ese discurso, el enemigo está al otro lado de la frontera desde donde puede traernos lo inimaginable, lo terrible, la enfermedad, el hambre, lo desconocido.

La formalización pragmática de ese resurgir estatalista y nacionalista se ha dado en los aeropuertos, paradójicamente, los lugares emblemáticos de la globalización y de la conectividad. En cuanto el coronavirus comenzó su fase de dispersión, los estados corrieron a cerrar vuelos, primero discretamente, luego, de forma generalizada. Después se procedió a cerrar las fronteras. Detrás de estos gestos irracionales hay una idea del espacio, entendido éste como algo que es por naturaleza fragmentado, desconectado, discreto y natural. Ese paradigma le canta al límite, al borde y a la frontera, para desde ella cantarle a la nación y narrarla. Pero el virus precisamente lo que recuerda es que no hay frontera, no hay límite. Lo que sí hay es conectividad, porosidad, intercambio, interrelacionalidad.

En una rueda de prensa memorable (como caso de estudio), Donald Trump respondía a la periodista Cecilia Vega de la Cadena de noticias ABC, indignada por el racismo contenido en su discurso, que el virus era chino, que por eso no lo llamaba COVID19 sino el virus de la China, pues de allá venía[5]. Franco Berardi recuerda que dicho presidente también lo llamó el virus foráneo, casi como si citara a William Burroughs: “todos los virus son extranjeros por definición” (2020, p 52), pero claro, sabemos con Berardi que Trump no ha leído a Burroughs. De una forma sorprendente, la enfermedad puso a la hora del día discursos nacionalistas que se creían enterrados o profundamente relativizados en un mundo hiperconectado, postnacional y nomádico. El virus le pone en bandeja al xenófobo, al migrantefóbico, al etnocentrista argumentos regurgitados del siglo XIX. Mientras, el capitalismo globalizado actúa de otra manera. Los gobernantes son gobernados por las multinacionales y las corporaciones, desde una lógica postnacional hace ya muchas décadas. Entramado contradictorio: esquizofrenia discursiva.

Cinco en selfie con anciano sobreviviente[6]

Uno de los aspectos más dolorosos del coronavirus, que parece una maquinaria que destapa prejuicios y odios sociales más o menos soterrados, es el odio etáreo. Uno de sus indicios es el hecho de que los números de muertos por la pandemia en muchos países, como es el caso de España, no contabiliza los decesos que ocurren en los hogares de ancianos. En esos espacios otros, instituciones divisorias como las llamaría Foucault, pareciera que las estadísticas consideraran a su población como invisible o inexistente. Que eso redunde en conteos que disfrazan la realidad de los números sería un mal menor, el que ocultan, en cambio es atroz. Se trata de una realidad de abandono y de política de la muerte, en donde quien habita esa otra frontera, interna, parece carecer de derechos. El hospicio opera como un gueto, allí los infectados deben dejarse morir, solos, sin visitas, invisibles. Para Holanda, ni intentar llevarlos a una UCI. En Colombia, como ocurrió en Italia, intuimos que en el pico del contagio, los médicos deberán escoger a quien poner el respirador y a quien no. Esa práctica pasará también por lo económico, por lo político, por lo nacionalista. ¿Cómo funciona el decidir sobre la vida y sobre la muerte de otro? Se privilegia la vida de un diputado por sobre la de un habitante de calle?, ¿antes un millonario que una madre cabeza de familia?, ¿primero un blanco que un mulato, un hetero que una trans, un doctor que un enfermero? ¿Cómo funciona?


Muchos pensadores han insistido en que el brote es democrático, que no sabe de jerarquías. Pero, ¿a quiénes obligan a trabajar ciertas empresas? ¿quién responde en los call centers, quién pasa voceando, en el silencio de la desértica calle “eucalipto fresco”, quién nos vende el queso, quiénes recogen la basura? En nuestras ciudades, muchos no tienen derecho a protegerse y a guardarse en casa. Nosotres lo hacemos, dado que nuestro trabajo permite opción Online sin rollo, pero.. ¿y los otros?, ¿los que viven en los extramuros de las ciudades? Hasta para la cuarentena el capitalismo hace diferencia. Los millonarios se refugiaron en sus casas de campo, para pasarla allá hace días, hace días que los habitantes de los cinturones de miseria se arriesgan a salir para ver cómo levantan lo del día.


Por último, para los gerontofóbicos una nota. ¿Cuántos años creen que tienen Meryl Streep, Jean- Luc Godard, Giorgio Agamben o Donna Haraway? De verdad, en el marco del odio al otro, el capitalismo reivindica la prescindibilidad de algunos ¡que tienen una edad que no le sirve! ¿Podría, acaso, la mortandad de los septuagenarios o más años, contribuir a sanear los sistemas pensionales? ¿Es la razón escondida? Me temo que probablemente.


Un tablero de Monopolio sobre una mesa[7]

Por estos anómalos días de encerramiento forzado, las redes sociales, las páginas de las universidades, los periódicos, los blogs, se atemorizan ante la vista de millones de personas improductivas. El capital entra en alarma: el sujeto consumista, hiperactivo e hiperproductivo ha entrado en pausa. Obligadamente ha debido detener el ritmo de su productividad.


En su artículo dentro de la compilación Sopa de Wuhan, dice el pensador italiano Berardi (2020, p 40), “El capitalismo es una axiomática, es decir, funciona sobre la base de una premisa no comprobada (la necesidad del crecimiento ilimitado que hace posible la acumulación de capital)”. Vivimos así, bajo la superstición de la productividad. No puede caer el producto interno bruto. Lo que no vemos es en realidad ese producto interno bruto en que se ve reflejado en el bienestar de los ciudadanos de los paises. Por ejemplo, en EEUU, con una de las economías más fuertes del planeta, nos enteramos no sin sorpresa, que el porcentaje de personas que dicen no contar con seguridad médica es supremamente alto[8]. Por otra parte, para practicarse el test de coronavirus se debe pagar una cifra importante que muchos no pueden cubrir. ¿Cómo se ve reflejado en este caso de emergencia sanitaria mundial el PIB? Dónde se ve expresada la frontera entre primer mundo y tercer mundo, cuando en ese país, los trajes especiales y las mascarillas se vieron escasas desde los primeros días y los test ¿“les salieron dañados”? Preguntas.


Décadas de capitalismo postfordista y capitalismo extractivista extrañamente encadenados, han entrenado al sujeto contemporáneo a sentir culpa cuando no produce. El sistema requiere de esa subjetividad para funcionar (Bauman, 1999).


En la sociedad del cansancio, cuando está tan profundamente internalizada la ética de la productividad, el sujeto teme enloquecer si no está produciendo. Lo que amenaza a ese sujeto parece ser algo terrible: el aburrimiento. Se regalan juegos de mesa, se recomiendan series de NetFlix, se abren canales de terapia para los desesperados. Cadenas de WA envían recomendaciones para no deprimirse durante la cuarentena. El terror que parece enfrentar el encuarentenado es el de estar solo consigo mismo.


Desde los espectáculos del siglo XIX a hoy, el capitalismo ha ido construyendo una subjetividad exiliada de sí misma, la vida transcurre en la exterioridad, en el afuera. El aburrimiento es el síndrome de ese sujeto en estado de anestesiamiento, del cual la contraparte es el síndrome de burnout, el sujeto quemado por el exceso de estrés, por el requerimiento de estar siempre en estado on, rindiendo constantemente.




Un rictus en el rostro de un hombre con un raro bronceado

(No vínculo, no link)

La palabra negacionismo ha sido usada para hacer referencia fundamentalmente a tres tópicos: el negacionismo del holocausto judío, el negacionismo del SIDA y el negacionismo del calentamiento global. A estos negacionismos agregaría el del COVID19. Los negacionistas que ahora me interesa nombrar son aquéllos que insisten en decir que no existe el calentamiento global. Gente como Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro han sido líderes mundiales de la negación. Para ellos no hay emergencia, no hay urgencia, hay un alboroto histérico. Curioso. Curioso que estos negacionistas hayan sido precisamente los mismos que ante la prensa, semana tras semana, insistieron en que el COVID19 era tan sólo una gripa y que la situación pasaría con el calor. Con abril pasaría todo, “predecía” un Trump convertido en vidente.

Cuando se habla de negacionismo climático, se hace referencia a la comunidad científica y no científica que insiste en negar:


1. El calentamiento progresivo del planeta debido a las emisiones de gases de efecto invernadero.

2. El calentamiento progresivo del planeta debido a las emisiones de CO2.

3. El origen antrópico de dicho calentamiento.


Este negacionismo es terriblemente peligroso para todos en este planeta. Profundizo. El nombre del fenómeno, calentamiento global, fue modificado en la discusión internacional por un destacado lobbista y asesor republicano norteamericano llamado Franz Luntz[9], colaborador activo de la administración de George W. Bush, y famoso entre otras razones, por su best seller: Words that Work: Is Not What You Say But What People Hear. Decir cambio climático fue su propuesta, para que sonara más tranquilizadora, menos alarmante y sobre todo, para desligar la ecuación de sus orígenes antrópicos.


Hoy día, en una cierta medida, más que una discusión acerca de datos científicos, el calentamiento global se ha convertido en un problema de formas retóricas, de tipos de discursos. Una disputa a partir de enunciaciones que procuran convencer al público general de que es un tema sobre el cual hay suficientes dudas. Justo como ha pasado con el coronavirus.


Para algunos sectores críticos presentes en la discusión, el negacionismo está íntimamente asociado con intereses económicos y políticos. Es el caso de la ExxonMobil, que ha circulado cifras importantes de dinero para contratar climatólogos, periodistas, directores de canales cercanos a la opinión de la Casa Blanca para emitir estudios, documentales y artículos que produzcan confusión entre los públicos electores. Esto pasa también por desacreditar las voces que se les opongan.


So ridiculous. Greta must work on her Anger Management problem, then go to a good old fashioned movie with a friend! Chill Greta, Chill!

Donald Trump, Tweetter[10].


Todo parece indicar que en realidad, el virus es el neoliberalismo y la ambición podrida que sólo beneficia a una minoría escandalosamente exigua. El PIB le preocupa a nuestros gobernantes, mientras la gente muere por falta de servicios, por falta de políticas de salud, por injusticia ambiental, por prácticas globalizadas de mala alimentación, por hambre, por las consecuencias monstruosas de la violencia económica.


Un coronavirus, no necesariamente muy letal pero si de altísima contagiosidad y con un agravante: un porcentaje alto de contagiados es asintomático, está produciendo un número altísimo de muertes, crisis económica, estados de sitio, cuarentenas en miles de ciudades del mundo, crisis carcelarias, cierre de mercados, bajas en la bolsa. Así de frágiles somos.


El COVID19 y su mortandad son un ensayo general. Si el coronavirus ha puesto en jaque las economías más fuertes del planeta, quisiera que pensáramos, ¿cuál sería la magnitud del caos si se siguen derritiendo al paso acelerado en que lo están haciendo, los glaciares? ¿Cual podría ser el aporte de la economía y su carrera desarrollista, ante la inundación de las ciudades litorales?, ¿cómo se administraría económicamente la irrespirabilidad del aire, la falta de agua potable, la acidificación de los océanos? Y.. esta catástrofe, como lo dicen Bruno Latour, Isabelle Stengers, Herman Daly, Donna Haraway y tantos otros autores, no está por venir, está teniendo lugar.


Un coyote camina por Michigan Avenue[11]

Somos islas flotantes sobre un océano en un pequeño planeta dentro de un no muy grande sistema solar en el universo. Lo singular es que dentro de ese planeta, más o menos insignificante, hay vida. Las ecuaciones que deben mantenerse para que en ella siga existiendo son muy precisas. Si logramos afectarlas lo suficiente, la vida, por lo menos tal y como hoy la conocemos, desaparecerá. Y unos de los primeros seres en hacerlo seremos los humanos.


Existen nueve límites planetarios(Rockström, 2009). Uno de éstos es el cambio climático. Este hace referencia a la concentración de CO2 en la atmósfera que se mide en ppm (partes por millón) siendo su punto crítico una concentración de 350 ppm. ¡Y por allí pasamos hace varios años! Vale la pena decir que uno de los principales fundamentos de plantear los límites planetarios consiste en determinar cuales son los umbrales a los que no debemos acercarnos.


Un poco más sobre esto. En el siglo XIX, en medio de la Revolución Industrial se registraron concentraciones de 280 ppm. El día que esto escribo (10 de abril, 2020), se registra una medición de 416.67 ppm[12]. Esta concentración incide directamente sobre la temperatura del globo. De esta manera, los científicos apuntan a que, después de haber sobrepasado el límite planetario en 66.67 ppm, no lleguemos a la medición crítica extrema: 450 ppm. Esta medición, se calcula, provocaría un cambio en la temperatura del planeta en dos grados, siendo esos dos grados un máximo, que ya de suyo, significaría un punto de inflexión para muchas especies, entre ellas, la humana. Tres grados (500 ppm)… serían letales. Un ejemplo de Roco, profesor de Ecología de mi hija, es tan claro como didáctico: la especie humana tiene un rango de tolerancia muy estrecho en relación con la temperatura. Su temperatura promedio es de 36.7º Centígrados. Un leve aumento, digamos 37.7 º C. implica fiebre, cualquier descenso, 35.7º C, por ejemplo, es una hipotermia.


Quisiera pensar con Arturo Escobar que otro posible es posible (2018), quisiera creer que la pandemia va a ser un extraño vehículo de aprendizaje. Creo que la gran llamada de atención tiene que ver con el reconocimiento de la interdependencia radical, la necesidad de conectividades reales y de solidaridades, entre especies, entre reinos.


Por otra parte, creo que se ha hecho evidente en estos tiempos de COVID19, la viabilidad del campo versus la inviabilidad de la ciudad, mostrando como altamente dependientes a los urbanitas, aquellos que dentro de la ideología reinante, miran con tanta arrogancia y desprecio a quienes siembran, a quienes cuidan las semillas y la tierra.


En términos políticos, el coronavirus ha exhibido la fragilidad inmensa de un gigante de la economía, Estados Unidos, con un más que deficiente sistema de salud, y de Europa, con una UE que parece serlo únicamente para hacer negocios. También mostró que la violencia totalitarista y tecnocéntrica de China resultó. O, pensándolo bien, lo que tuvo resultados fue la administración violenta de la información y de los cuerpos.


En esta época en que las ciudades han sido reapropiadas por algunos animales silvestres, cuando los delfines volvieron a acercarse a las costas de Italia, cuando pululan los peces en el canal de Venecia y las tomas satelitales arrojan una notable disminución del NO2 (polución) en el mundo, es momento de dar un timonazo. En Colombia está por aprobarse el fracking, mientras son asesinados diariamente ambientalistas, líderes indígenas y defensores de los derechos y de la justicia ambiental. Vale la pena decir que sin justicia ambiental no hay derechos humanos, es la base, el grado cero. Los humanos, peor que el virus, hemos ido acorralando a los demás vivientes y no vivientes del planeta. Y la fuerza rebote en este estadio del abuso humano será catastrófico para nuestra especie.


Como anoté anteriormente, en un momento sin par en el que las autopistas están vacías, la maquinaria pesada detenida; en que miles de fábricas alrededor del mundo están paradas y millones de automóviles permanecen en sus garajes, con todo y eso, el nivel de CO2 promedio en enero de 2020 fue de 413.40 ppm, un mes después, fue de 414.11 ppm y el 10 de abril, no recogiendo la información completa, dado que el mes no se ha acabado, la marcación arroja 416.67 ppm. ¡Guau! Eso hace notar dos cosas: la primera es “positiva”, plantea que el coronavirus le ha dado un ligero respiro a la Tierra. Las malas noticias en cambio son, que con todo y un histórico paro mundial, las emisiones siguen subiendo.


Ojalá que en la era post coronavirus, después que superemos esta especie de “retiro espiritual involuntario”[13], éste nos haya permitido reflexionar sobre la inviabilidad del sistema que vivimos, lo inhumano que es, lo infantil que resulta seguir construyendo fronteras, por ejemplo entre animales humanos y animales no humanos, o entre vivientes y no vivientes. Los gobiernos que sólo saben hacer la guerra no saben cómo luchar por la vida. Los negacionistas del COVID19 también son los negacionistas del calentamiento global. Son los mismos, y sus argumentos son iguales: primero la economía, después la vida.


Recordemos que ninguno de esos estadistas piensa en tí o en mí, menos en los ríos o en los mares, menos aún en las montañas o las selvas. Pero nosotres sí tenemos que pensar en todo ello. La interdependencia radical es la noción clave. Tu bien es mi bien, tu salud es la mía, tu respiración es mi respiración: SIMBIOSIS.


 

[1] https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-51371640 [2] Como lo señaló en varias ocasiones Susan Sontag, tener cáncer es algo que se dice en voz baja, que expone al enfermo a padecer algo que es vergonzoso en alguna extraña manera. [3] Al respecto, dice Rita Laura Segato “cuando no resta nada más, nos reducimos y remitimos al territorio de nuestro cuerpo como primero y último bastión de la identidad. (2006, p 131) [4] https://www.viaggi-estate.com/consigli-viaggi/coronavirus-destinazioni/ [5] https://www.youtube.com/watch?v=E2CYqiJI2pE [6] https://www.eltiempo.com/cultura/gente/coronavirus-abuelo-de-101-anos-que-se-recupero-de-la-covid-19-483024 [7] https://www.eltiempo.com/cultura/entretenimiento/los-secretos-del-monopoly-un-juego-que-cumplio-sus-85-anos-481814 [8] https://www.latimes.com/espanol/eeuu/la-el-numero-de-estadounidenses-sin-seguro-de-salud-crecio-en-el-primer-ano-de-trump-como-presidente-20180117-story.html y ver https://elpais.com/diario/2003/10/01/internacional/1064959218_850215.html [9] La pista sobre Luntz la obtuve de Bruno Latour (2017). [10] https://twitter.com/realdonaldtrump/status/1205100602025545730?lang=es [11] https://wcsx.com/2020/04/06/photo-coyote-running-down-an-empty-michigan-avenue/. Agradezco el conocimiento de esa noticia a Manuela Lozano. [12] https://www.esrl.noaa.gov/gmd/ccgg/trends/ [13] Tomo esa imagen prestada de Prof. Elizabeth Lozano.


 

REFERENCIAS


AGAMBEN, Giorgio (2020). “Contagio” en Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. Buenos Aires: ASPO


AMADEO, Pablo. (2020) Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. Buenos Aires: ASPO


BAUMAN, Zygmunt (1999). Trabajo, consumismo y nuevos pobres. Barcelona: Gedisa.


BERARDI, Franco “Bifo” (2020). “Crónica de la psicodeflación”, en Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. Buenos Aires: ASPO

ESCOBAR, Arturo (2018).Otro posible es posible: Caminando hacia las transiciones desde Abya Yala/Afro/ Latin-América. Bogotá: Desde abajo.


GUPTA, Akhil y FERGUSON James. (2008) Más allá de la “Cultura”: Espacio, identidad y las políticas de la Diferencia. En Antípoda n. 7 julio-diciembre, páginas 233-256.


LATOUR, Bruno (2017). Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejada de las visiones apocalípticas. Buenos Aires: Siglo XXI.


PRECIADO, Paul B. (2020). “Aprendiendo del virus” en Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. Buenos Aires: ASPO.


Rockström, J., W. Steffen, K. Noone, Å. Persson, F. S. Chapin, III, E. Lambin, T. M. Lenton, M. Scheffer, C. Folke, H. Schellnhuber, B. Nykvist, C. A. De Wit, T. Hughes, S. van der Leeuw, H. Rodhe, S. Sörlin, P. K. Snyder, R. Costanza, U. Svedin, M. Falkenmark, L. Karlberg, R. W. Corell, V. J. Fabry, J. Hansen, B. Walker, D. Liverman, K. Richardson, P. Crutzen, and J. Foley (2009).Planetary Boundaries: Exploring the Safe Operating Space for Humanity” en Ecology and Society, vol 14, iss 2, Art 32.


SEGATO, Rita. (2006) “En búsqueda de un léxico para teorizar la experiencia territorial contemporánea” en Politika, Revista de Ciencias Sociales n 2. Diciembre, pg 131.


Agradecimientos: Manuela Lozano.

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